Francesco Tonucci propone pensar ciudades a medida de los niños

Tonucci sostiene que las ciudades, en su planificación, no contemplan a la infancia, sus deseos y necesidades, y son creadas por adultos para adultos. Para reflexionar en el Día Mundial de las Ciudades, la entrevista publicada en Por Escrito N°5.

Francesco Tonucci
Francesco Tonucci

¿Qué significa para usted el espacio público? Si tuviera que mencionar tres ideas importantes alrededor del espacio público, ¿cuáles serían?
En primer término, el espacio público es lo que hace de un conjunto de lugares privados, una ciudad. La ciudad es ciudad porque tiene espacio público, que es lo que conecta los espacios, los lugares privados. En segundo lugar, quisiera destacar que hoy el espacio público está desapareciendo: hay una significativa presencia de medios privados que están privatizando el espacio público. El 80% del espacio público de una ciudad está siendo privatizado por automóviles estacionados o en tránsito. Y, por último, lo que los niños más reivindican es justamente el espacio público. Frente a esta desaparición del espacio público, la ciudad ofrece a los niños ocupar espacios reservados, especializados, creados a propósito para ellos, que son: las plazas para niños, las bibliotecas infantiles, las ludotecas. O las escuelas de la tarde, privadas, donde los niños pueden hacer deportes, artes, bailes, lenguas.

¿Usted hace referencia a una dimensión sagrada del espacio, tomando el modelo catedralicio, los palacios y la ciudad. ¿Cuál sería hoy esa relación entre lo sagrado y el espacio?
De alguna manera, los niños se asocian a lo que rompe la sacralidad. El niño es un elemento de disturbio, es algo preocupante. Por ejemplo, en Italia es común que adentro de los edificios haya carteles que dicen de “2 a 4 prohibido jugar”, o “no se puede jugar en la escalera”. Cuando yo era pequeño la escalera era un lugar especial porque se prestaba mucho para jugar a la familia, a la escuela o al teatro, porque los escalones podían ser pupitres o sillas de una platea. Y como era el único medio para subir a las casas había que interrumpir el juego y dejar pasar a la gente, pero existía una tolerancia recíproca. Hoy tenemos el ascensor, por lo cual la escalera no se usa, pero paradójicamente está prohibido jugar allí. Esto parece una violencia inútil. Y en la ciudad hay muchas cosas que están prohibidas en relación con la niñez. En Roma, el reglamento de policía urbana dice que en los lugares públicos está prohibido jugar, por lo cual el juego se asume como un delito.

¿Por qué sería mejor jugar en un espacio público -en la calle, en la vereda, en la plaza- que en el espacio doméstico?
El juego tiene que ver con una dimensión de suficiente libertad y autonomía. En el espacio doméstico es difícil que esto se dé porque normalmente coinciden los padres con los hijos. Es habitual que se les pida a los niños que se queden en casa para que estén bajo el control de los adultos. Allí hay dos ideas importantes: La primera es que en la casa el niño vive controlado y si no tiene compañía puede jugar con la televisión, los videos juegos y los juguetes, que son cosas que lo bloquean y generan pérdida de movilidad. Y también hay otro aspecto para destacar: La casa es un lugar peligroso porque son frecuentes los accidentes domésticos. Este es un tema muy interesante, porque las casas de hoy son mucho más seguras que las de antes. Sin embargo, antes no había tantos accidentes en casa y hoy ésta es la principal causa de intervenciones médicas en la primera infancia. ¿Y cómo se explica este fenómeno? Ocurre que, para un niño que se aburre, la casa llega a ser sumamente peligrosa. Porque la casa es siempre la misma y para que sea divertida hay que hacer algo extraño: un día puede ser desmontar un enchufe, otro día puede ser abrir la llave del gas. Son los juegos tontos que hace una persona para salir de una condición insoportable como es la del aburrimiento. Hay que tener en cuenta que estos elementos de riesgo son fundamentales para el juego. Pero, al aire libre, las ocasiones en las que el niño puede buscar algo nuevo son mayores. Y si hay un peligro, generalmente, es a la medida del niño. Mientras que los de la casa, siendo segura, son peligros impensables, no dominables.

¿Usted describe a las ciudades como hostiles, pero la salida que propone no es la de la seguridad. ¿Cómo piensa la relación entre hostilidad y seguridad?
Es interesante esto porque, por un lado, la ciudad es hostil porque rechaza y echa a los niños de los lugares públicos. Los echa como imagen porque, de hecho, son los padres los que dicen que no pueden salir porque la ciudad es peligrosa. Es un poco como lo que ocurre en la escuela cuando se dice “los niños se van de la escuela”. Podemos decir que es la escuela la que los echa, aunque, efectivamente, la decisión de irse no es de la escuela sino de los niños. Pero no debemos perder de vista que los niños se van porque se encuentran en una situación de incomprensión y de no reconocimiento. Y con los niños y la ciudad pasa lo mismo. Por otra parte, la protección de los padres construye una condición de control que no permite al niño desplegar lo que necesita para crecer, es decir, ponerse a prueba con los obstáculos de la realidad. Estos mecanismos de enfrentarse con riesgos valen en todas las dimensiones. Normalmente pensamos en el aspecto físico: Un niño que quiere ver si es capaz de cruzar un río. Pero existe también el riesgo cognitivo: Frente a las cosas que no entiende, el niño tiene que poner en marcha una actitud investigativa. Y también hay un riesgo social: Conocer una persona que no conocía antes. ¿Será un amigo, será un enemigo, será una persona con la cual yo pueda encontrarme bien y pasar buenos momentos, o será una persona que me va a lastimar, que me va a crear problemas? Estos elementos enriquecen la vida social y cultural de un niño, y si no puede experimentarlos llega a ser adulto y a enfrentarse con la vida sin haber practicado esta gimnasia a través de la cual se construyen reglas. Pero estos instrumentos útiles de comportamiento solo se pueden crear en condición de autonomía, porque si el niño va acompañado por un adulto es éste el que representa las reglas y al niño lo que le toca es violarlas. El adulto dice: “volvemos a esta hora” y lo que puede hacer el niño es ponerse en rebelión y decir “no, yo quiero quedarme un rato más”. Los niños de hoy prácticamente frecuentan sólo a los “compañeros garantizados”, que son los compañeros de clase o los hijos de los amigos de los padres. Y se dan cuenta de que si ocurre algo o hay un conflicto, los padres seguramente se podrán conectar o intervenir, por lo cual hay muy poca libertad de actitudes. Por el contrario, en las relaciones entre pares es importante poder vivir experiencias como agresividad, envidia, amor, celos.  El niño autónomo es un niño que tiene padres que confían en él y le dicen “no te preocupes, tú puedes salir”. Distinto es el niño que se encuentra en la calle porque no tiene padres, o porque no hay nadie que lo cuide. El efecto puede parecer el mismo, pero las condiciones son totalmente distintas. Yo creo que siempre es importante el cuidado, que el niño se sienta acompañado. No hay nada que se parezca al abandono. El abandono no produce autonomía. Nunca. Produce agresividad.

¿Y cómo sería una ciudad a la medida de los niños?
Primero, una ciudad accesible, donde todos puedan moverse. Es importante la peatonalidad. Una ciudad debería pensar el tema de la movilidad, no del tráfico. Porque el tráfico es el movimiento de los coches. La preocupación hoy es cómo solucionar el tema de los atascos, cómo relajar el tráfico y hacerlo seguro. ¿Y qué se hace? Para evitar atascos se amplían las calzadas, pero ya se sabe que ampliando la carretera y aumentando los carriles aumenta el número de coches, y la velocidad, y el número de accidentes. Si ponemos primero el tema del tráfico y de los autos, la condición de los medios públicos, los peatones y las bicicletas, no solo no se resuelve sino que se complica aún más. Al contrario, poner en marcha una política de la movilidad significa empezar a pensar que el dueño de la ciudad es el peatón, el ciudadano. Deberíamos resolver primero este tema, por ejemplo, inventando maneras para garantizar el cruce de las calles. El coche, al mismo tiempo, per-mite esquivar el encuentro con el otro. Por ejemplo, en San Pablo, los ricos van en helicóptero a trabajar para sortear todo encuentro con los otros mientras se mueven. Esto del encuentro es muy interesante. Voy a aprovechar ese ejemplo. Cuando nos movemos caminando si yo te toco sin querer, espontáneamente te digo “disculpe” y te sonrío. Si en un semáforo mi coche queda parado al lado del tuyo y yo te miro por la ventanilla y te sonrío, tú dices “a este señor qué le pasa”. El auto es un mundo aislado, que no prevé comunicación. Al contrario, moverse, sí. Es fácil preguntar algo a un colega peatón, pero se hace mucho más complejo con el coche, hay que bajar la ventanilla, etc. Esta idea del encuentro y del intercambio era el modelo ciudadano. En la plaza, donde la ciudad nace y se asoman sus símbolos: las catedrales, la casa de gobierno. En el mercado, el lugar de mezcla, de trueque, de cruce. Hoy la ciudad rompió esta idea y volvió a un modelo más antiguo de separación y de aislamiento, porque nacieron los barrios cerrados y la periferia pobre. Como decía, el espacio debería ser accesible y esto significa que todos puedan aprovecharlo y utilizarlo. Los niños rechazan que les toque un espacio separado y lo que piden es que el espacio público sea público, que es aparentemente una tautología. Pero, de hecho, significa que sea un espacio compartido. Un lugar público que sea público es adecuado para distintas funciones, en distintos momentos del día, y para distintas categorías sociales y generaciones. Esto hace al espacio público. ¿Y cómo debería ser? Un lugar lo más natural posible. Los niños dicen “que no sea todo llano, porque no es posible esconderse”. Significa que es divertido tener un lugar que tenga subidas y bajadas, niveles, huecos. Que tenga obstáculos, como matorrales. Que tenga materiales naturales, un tronco, piedras… De manera que cada uno pueda aprovechar lo que necesita.

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